Tal y como estamos ya acostumbrados, la mayoría de las asociaciones de rumanos de España, que no tienen ninguna actividad, ni miembros, reaccionaron tarde o en absoluto a la polémica provocada por la campaña electoral de Badalona.

Una vez más, las asociaciones de rumanos se han limitado a mirar y encoger de hombros cuando la imagen de Rumanía está públicamente dañada, esta vez de un actor de la democracia, un partido político. Las únicas reacciones oficiales de las asociaciones se vieron en Cataluña y solo cuando fueron preguntados por la prensa española.
En esta situación, lo normal y lo lógico hubiera sido que por lo menos una de las más de cien asociaciones de rumanas manifestaran su rechazo públicamente, a través de un comunicado de prensa (es decir, enviado a las redacciones de los periódicos y de las televisiones).

Claramente, la situación creada por los populares de Badalona fue una metedura de pata fácil de entender desde la perspectiva de unas elecciones municipales, pero imposible de aceptar si pensamos que ese hombre, candidato para la Alcaldía, forma parte de un partido como el PP que hasta ahora no ha tenido semejante discurso y que sin embargo tolera líderes locales con un discurso tan xenófobo. Muchos se habrán preguntado, por supuesto, „¿Qué pinta este hombre en el PP?” Desgraciadamente, nadie contesta a esta pregunta, pero la respuesta es fácil de intuir.

A una semana desde la bendición del terreno concedido por el Ayuntamiento de Madrid para la catedral ortodoxa rumana, este evento no puede más que sorprender. Afortunadamente, España sigue estando a la misma distancia de Italia, al igual que las ideas de los políticos españoles frente a los italianos, cuando se trata de extranjeros.

Pero más allá del rechazo que sienten los políticos en debatir temas prohibidos como es la inmigración, la comunidad tiene que ser la primera en defenderse. Afortunadamente, los rumanos de España podemos estar orgullosos por las reacciones de las asociaciones de inmigrantes marroquíes o ecuatorianos que se solidarizan con nosotros. Asimismo, se debe destacar la prontitud de las asociaciones de gitanos españoles de España que han sido involucradas en situaciones similares.

Las reacciones por parte de las asociaciones rumanas, sin embargo, han sido mínimas, y por parte de la federación de asociaciones de inmigrantes rumanos, FEDROM, auto declarada federación de asociaciones de rumanos de España, no se ha visto ninguna declaración oficial, ni un comunicado oficial. Lo mismo se puede decir de FADERE, la así llamada Federación de asociaciones rumanas de Europa. El único atenuante para FEDROM en toda esta historia es el hecho de que la agencia Europa Press tuvo la inspiración de interpelar al tesorero de la federación, un ciudadano español, que hizo una crítica muy dura de la acción xenófoba de los populares de Badalona, pero nada más.


El primer comunicado oficial de FEDROM salió muy tarde, pasados ya unos días, y fue publicado solo en la página web de esta federación, que no incluye todas las asociaciones de España, pero que cada vez que toma la palabra lo hace en nombre de todos los rumanos. Desafortunadamente, casi nunca los representa como debería, especialmente en este tipo de situaciones.

Como cualquier rumano en España, me pregunto: ¿qué hacen las asociaciones rumanas si no reaccionan en estas situaciones? Igual que yo, los otros 830.000 rumanos de España pueden vivir sin estar representados o sin sentirse representados, porque la sociedad española, a excepción de casos aislados como el de Badalona, los trata como a unos ciudadanos más. Desde los principios del „movimiento asociativo” rumano de España, se formó un núcleo de personas siempre dispuestas a representar a los demás. Como representantes auto declarados, algunos presidentes de asociaciones ganaron así una nueva identidad que les ofrece una imagen pública que muchas veces es engañosa.

Sin embargo, a estos presidentes de asociaciones no se les puede imputar el hecho de que intenten representarnos sin nuestro permiso. ¿Acaso no lo tienen ya, mientras no intentamos sustituirlos con personas más competentes o mejor preparadas? Al fin y al cabo, de verdad: ¿cuánto nos importa a nosotros, a los rumanos, nuestra imagen pública?